No sé en qué momento se normalizó esto.
Tener un problema grande, digo, y responderle con decisiones pequeñitas.
Como si así no doliera.
Como si no pasara nada.
Mira… cuando algo te pesa de verdad, no se arregla ajustando tornillos.
Se arregla cambiando de sitio la mesa.
Pero la mayoría no hace eso.
La mayoría negocia consigo misma.
Un poco menos de aquí.
Un poco más de allá.
Una herramienta nueva.
Y ya.
¿Sabes por qué pasa eso?
Pues porque decidir en serio implica perder algo.
Y eso da pereza.
O miedo.
O ambas.
El runrún suele ser siempre el mismo, lo veo a diario con mis alumnos cuándo empiezan:
“Voy a probar esto primero.”
“Voy a apretar un poco más.”
“Voy a ver si con este cambio vale.”
Y no vale.
No porque seas incapaz, ojo, sino porque estás usando decisiones de mantenimiento para problemas de fondo.
Problemas de modelo.
De enfoque.
De cómo te ganas la vida y a qué precio personal.
Ahí no sirve optimizar.
Ahí toca elegir.
Elegir menos cosas.
Elegir mejor.
Elegir con consecuencias.
Y sí, claro que incomoda.
Claro que acojona.
Si no, no sería una decisión.
Pero llega un punto en el que seguir parcheando sale más caro que cambiar.
Caro de cojones sale eso.
Cuando haces una decisión grande, de esas que recolocan todo, pasan dos cosas curiosas.
Una: se cae mucho ruido.
Dos: todo empieza a encajar.
No rápido.
Pero claro.
Abajo.
Libertad, y luego todo lo demás.

