Vigila no seas ese tipo de persona.
Te has acostumbrado.
A ganar bien…
pero no decidir nada.
A cumplir…
pero no mandar.
A que todo “funcione”…
menos tú.
Y ojo, que desde fuera parece que estás bien.
Buen profesional.
Responsable.
Cabeza.
Currículum decente.
El tipo de persona que nunca da problemas.
A ver si ese va a ser el problema.
Te has adaptado tan bien al modelo que ya no te planteas salir de él.
Lo optimizas.
Lo haces un poco menos incómodo.
Le pides un poco más de aire.
Pero sigues dentro.
Porque salir implica algo que no se dice mucho:
Perder certezas.
Quedarte solo con tus decisiones.
No tener a quién culpar.
Y eso acojona.
Por eso tanta gente válida se queda donde está.
No porque no pueda más, sino porque todavía puede aguantar un poco más.
Aguantar jornadas largas.
Aguantar reuniones absurdas.
Aguantar jefes incompetentes.
Aguantar sentir que podrías dar más en otro sitio que no existe… todavía.
La mayoría no se va por dolor.
Se va por hastío.
Cuando un día te das cuenta de que ya no te ilusiona mejorar nada de lo que haces:
Solo salir de ahí.
Ahí empieza otra conversación.
Abajo tienes esa conversación:
Libertad y luego todo lo demás.

